lunes, 6 de enero de 2014

erotopias


“El Cuco”, de Noé Mayorga (Óleo sobre tela - 2011)


Dónde reside nuestra identidad?,
¿qué es aquello que
nos define individual y colectivamente?
La respuesta
a estas preguntas –tantas
veces planteadas– quizá no esté en otro
lugar que en el cuerpo. Somos lo que hacemos
con nuestro cuerpo, los usos que le
damos y las maneras en las que esos usos
encarnan: lo que comemos, lo que vestimos,
el conjunto de nuestros realizaciones
lingüísticas, los deportes que practicamos,
nuestras expresiones amorosas, nuestras
formas de acoplarnos. Pero somos también
 la manera en la que imaginamos al otro,
en la que representamos nuestro deseo.


Así, el cuerpo es un gran receptor y emisor
de signos culturales, entre los que sobresalen
los signos eróticos. Sobresalen porque
son signos de renovación y de vida. Desde
su origen mitológico, Eros está asociado a
la luz; surgido tras las tinieblas del Caos
primigenio, es el que trae el día, la claridad.
A diferencia de Tánatos, ángel nefasto,
cuya caricia resulta letal, la flecha de Eros
nos inflama de deseo, nos hiere de amor.


Teniendo al sexo como punto de partida, el
erotismo rebasa la mera sexualidad, es el
deseo fantaseando sobre su objeto; transfigurándolo,
reinventándolo y resignificándolo
incesantemente. “En todo encuentro
erótico –dice Octavio Paz– hay un personaje
invisible y siempre activo: la imaginación,
el deseo”; de allí la infinita variedad
de sus ceremonias y representaciones.


“Chicas Feisbuk”, de Wilson Paccha (Acrílico sobre resina y lienzo- 2012)





               “Gran Colombia”, de Patricio Palomeque
¿Cómo los ecuatorianos hemos vivido e
imaginado el deseo desde los remotos días
de nuestros pueblos aborígenes hasta la actualidad?
¿Qué producciones simbólicas
han generado nuestras experiencias corporales?
¿Cuáles son los tópicos (topoi)
desde los cuales los artistas han articulado
sus visiones eróticas? ¿Qué otros temas
y territorios sagrados o profanos han
explorado en sus obras? Estas son las preguntas
que han sustentado la confección
del libreto curatorial de esta exhibición.
Erotopías. Cuerpo y deseo en el arte ecuatoriano
(3900 a.C. – 2013 d.C.), congrega
a grandes trazos –vale decir: a salto
de mata– alrededor seis mil años de
historia, setenta artistas y ciento cincuenta
obras que configuran un ars
amandi en el tiempo, pero también una meditación
sobre el cuerpo en función erótica.
La exposición ha sido estructurada sobre
seis ejes temáticos: “Venus revisitada”
(visiones del cuerpo femenino, desde
las figuras de Valdivia hasta nuestro días),
“Adanes” (un conjunto de miradas sobre el
cuerpo masculino), “Edenes” (un paseo por
los “paraísos” terrenales, entre los que destacan
Sin título (Serie Pecados Originales), de Tomás Ochoa
las representaciones de los burdeles y
¿ las prostitutas como escenarios y protagonistas
de un espacio marginal y legendario
en el imaginario urbano), “Cuerpos recreados”
(las revisiones artísticas del cuerpo
y las elaboraciones sobre homoerotismo,
travestismo y transexualidad, unas y otras
responsables de creación de un cuerpo otro,
extraño, nómada), “Priapismos” (dedicado
a las manifestaciones fálicas como expresiones
ceremoniales o lúdicas), y finalmente
“Relaciones copulativas” (que reúne una
variopinta gama de conjunciones y combinaciones
sexuales). En suma: esta muestra
aspira a reunir los grandes temas del imaginario
erótico a través de los lenguajes del
arte, poniendo a dialogar obras de épocas
diversas con el fin de resaltar la recurrencia
y persistencia de esos motivos o topoi
(lugares comunes) a lo largo del tiempo.



Después del eclipse de las religiones y las
ideologías que ha venido experimentado
Occidente, acaso el erotismo sea el único
“Edipo y la esfinge “, de Eduardo Solá Franco
absoluto con el que convivimos, nuestro último
refugio frente la barbarie que nos acecha,
nuestra utopía posible. Pues el abrazo
de los amantes importa aquello que hemos
perdido: la plenitud de la comunicación.
Sobre los ejes temáticos de la muestra
Venus revisitada
En todos los tiempos y culturas, el cuerpo
femenino ha sido el astro candente y
central de la imaginación erótica. Desde
la prehistoria, cuando sus representaciones
fueron concebidas como talismanes
o fetiches de fertilidad (tal cual nuestras
figurillas de Valdivia), la mujer aparece
como un poderoso polo de atracción.
En la tradición grecorromana, la imagen
de Venus-Afrodita condensa precisamente
estas potencias de lo femenino, como
lo testimonia esta hermosa invocación de
Lucrecio: “Madre de la raza de Eneas, voluptas
de los dioses y los hombres, oh Venus
nutricia, tú que bajo los signos errantes
del cielo vuelves fecunda la mar que porta
las naves, fertilizas la tierras que porta
las cosechas, porque toda concepción encuentra
en ti su origen... Tu sola gobiernas
la naturaleza.” (De rerum natura).


“Anabela Acurrucada“, de Jorge Valverde



Presididas por las figuras de Valdivia y
Chorrera, una parte importante de este
primer núcleo de la exhibición está conformado
por bocetos, estudios o retratos
propiamente dichos. Sorprendidas en su
intimidad, redescubiertas en su desnudez,
estas representaciones exaltan la belleza
física de la mujer, realzando sus encantos.
Desde una mirada neoclásica, académica o
plenamente moderna, la mayoría de estos
artistas son apólogos de la feminidad, argonautas
a la busca del “vellocino púbico”.
Aunque en estas visiones domina el punto
de vista masculino, cada vez son más las artistas
que se miran a sí mismas, que se ocupan
por problematizar el motivo del cuerpo
femenino, ya sea desde la reivindicación gozosa
de su feminidad, o desde la elaboración
poética de sus pulsiones y represiones,
de sus traumas y heridas; de su memoria
corporal. Así, esta es una expedición por
el cuerpo como objeto y sujeto de deseo.